miércoles, 1 de septiembre de 2010

Vanidad

Con anterioridad hemos reflexionado sobre la soberbia. Aunque el término Vanidad es un sinónimo de ella, el aspecto narcisista de la expresión es lo que trata esta reflexión. O sea, la actitud del individuo de resaltar desmesurada y obsesivamente los atributos de su físico.

El ser humano quiere lucir bien; gustar de su apariencia. De alguna forma también quiere ser apreciado por lo que exhibe: figura, vestimenta, porte…Pero, ¿qué ocurre cuando el deseo de sobresalir por el aspecto se exagera? ¿De dónde procede el interés del individuo de disponer en demasía de recursos para destacar su imagen utilizándola como señuelo para atraer?

El desarrollo del narcisismo generalmente se origina desde la etapa de la niñez. Padre, madre u otros del entorno le aportan al niño la simiente de vanidad realzándole de forma vehemente y reiterada ciertas características de su físico: el pelo, los ojos, el rostro, la estatura y/o estructura corporal, los ademanes.

Adolescencia alcanzada, ésta resulta un espacio fértil para seguir cultivando el envanecimiento desde otras esferas: en la escuela, en la práctica de algún deporte, en una actividad artística o en el escenario que familiares, amistades o aduladores le construyen. ¡Nadie es tan fascinante como ella o como él!

Conforme transcurre el tiempo, no hay sorpresa al observar a esa criatura convertida en adulta haciendo “cualquier cosa” para que los demás mantengan su atención en ella en función del elemento que le ha sido recalcado.

El extremado interés que el individuo le presta a su apariencia pasa a ser una palanca para manipularlo, materia prima de simulados comentarios o noticia ampliada en los medios, dependiendo de cuán pública sea la imagen del vanidoso.

Entonces, la persona convierte en una obsesión su fachada por la sobreestimación que ha hecho de los halagos recibidos destacándole su aspecto. No le sacian los auxilios del maquillaje, la peluquería, la dieta, los ejercicios, la vestimenta, la cirugía. Previsto es el desenlace fallido de ese empeño y sus arrebatos de infelicidad por haber optado por la superficialidad, se hacen eminentes.

Se extiende el extravío de tal sujeto hasta generarle preocupación el cómo lucirá al morir, el qué dirán cuando eso suceda y cuánto durará el recuerdo de su imagen. Infausta situación esa para una persona tenerla de compañera mental en el trayecto existencial.

Por descuido, por adversidad o por edad se pierden los atractivos del físico. El basamento ilusorio que sostuvo tan débil estructura de vida desaparece quedando al descubierto las carencias que se pretendían ocultar con la apariencia, y el mundo personal se sacude.

¿Qué hace… pensar? al ser humano que puede erigir su supervivencia encima de una plataforma de absurda fragilidad? ¿Vivir se considera una experiencia intrascendente que induce a malgastar energía y tiempo en tonterías?

Ciertamente es agradable una imagen aseada, cuidada y de buen talante. Pero, desacertado es transitar por el sendero de la vanidad porque éste se malogra con facilidad. Nada es tan vulnerable al cambio como la parte exterior del individuo.

Por muchos atributos externos que la gente pueda tener, ninguno tiene la valía y permanencia de sus dones internos. Enseñar sobre la relevancia de la esencia del ser, es un aprendizaje insustituible. Poco probable es, que la adultez trastorne esa enseñanza; y menos probable es, el que se dé mayor importancia a la apariencia reconociendo esa esencia.

Suerte de preferencia humana es tener disponible y gratuito el remedio que yace en cada quien para curar semejante desvarío: apelar a la cualidad real de su SER. Ésa es la perdurable belleza.

¡Bendiciones!

“Teniendo por mejor en mis verdades consumir vanidades de la vida que consumir la vida en vanidades! J. I. De la Cruz

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