Nacer, evolucionar y morir. Es el proceso de toda existencia en el universo.
Verdad conocida, aún no entendida.
La muerte es uno de los episodios que coloca al ser humano en mayor estado de vulnerabilidad.
Aunque afecta a cada persona de manera diferente, para la generalidad el acontecimiento significa desgracia.
A muchos les provoca desconcierto, irritación, aflicción, los lleva a la fe, a experiencias místicas o a cuestionar a Dios.
A otros les excede el hecho y caen en profunda pesadumbre, quieren dejar de vivir, desconocen qué harán a partir de esa ausencia, aferrados a los recuerdos entran en crisis de interminable desconsuelo, creen que el mundo se derrumba y reaccionan como víctimas sintiendo lástima por sí mismos.
En pocos la vivencia es de crecimiento emocional, liberación y desarrollo de destreza para trasmutar la tristeza.
Y para todos: una batalla que no debe ser librada porque nunca podrá ser ganada. Pueden tomarse providencias para cuando ocurra, pero no para evitar que ocurra.
Dentro de lo establecido este acto es insoslayable. Sin embargo, bregar con la muerte entendiéndola como pérdida conduce al individuo a transitarla de modo surrealista, porque cualquier acción que le toque el apego le sacude las emociones.
Se torna difícil reconocer que el caos emocional proviene del egoísmo, sentido de pertenencia y dependencia. Casi ofensivo e insensible resulta hablarle en esos términos a alguien que atraviesa por el referido evento, pero una objetiva reflexión ayudaría a su comprensión.
Dado que no se puede proteger a nadie de las leyes universales, este aprendizaje, largamente diferido, deberíamos recibirlo en el hogar. Enseñarnos a reconciliar los conceptos vida y muerte.
Tal transición es una característica connatural del cuerpo físico. Y ciertamente es ineludible. Pero también es instructiva, unificadora, fortalecedora, reflexiva y rinde tributo a la vida.
En la medida que avanzamos en grados evolutivos queda más clara la realidad de dichas fases sucesivas.
Sin necesidad de recurrir a la imagen de descomposición de la materia, ésta reafirma que la vinculación con los y lo demás es a través del espíritu.
Esa es la insuperable grandeza de la Creación. La unidad de todo en la naturaleza infinita, indefinida y eterna del Espíritu.
¡Bendiciones!
“... Siguiendo las leyes de la transformación del cielo y la tierra, los ciclos del cambio, libres e incesantes, llegan por sí mismos. El cielo, la tierra y todas las cosas no pueden ir contra el orden natural.
Si aceptas el orden natural de las cosas, no tendrás que preocuparte de si la vida es larga o corta. Si entiendes las leyes del cielo y de la tierra, no estarás interesado en los conceptos de verdadero o falso...
Silenciosamente se reconoce su presencia, armoniosamente se acepta su existencia y pacíficamente se admite su partida”.
Lie -Tse
lunes, 28 de abril de 2008
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