Quienes deben sustentar y transmitir los Valores, están en crisis. La crisis ha mutado en descomposición familiar, peor aún, en sistémica. Se torna difícil vivir en un dilema entre los valores positivos y las complacencias derivadas del egoísmo, la ambición, los excesos; esos placeres que se acomodan a los intereses particulares o grupales dejando fuera el verdadero bien-estar, al prójimo y al medio donde se habita.
Dominados por egos inflados muchos se separan del sentido común; divididos en clanes se causan su propia debacle y la desencadenan alrededor esparciendo de manera epidémica las consecuencias. Para algunos, su falta de valores positivos es casi demencial.
Este cambio está arrasando con los cimientos de las arquitecturas sociales sobre las que se asientan el crecimiento del individuo y su proceso evolutivo.
La proclividad a construir sobre soportes falsos, carentes de trascendencia y durabilidad conduce a la gente a crear o a agudizar las situaciones conflictivas, delictivas, destructivas. Tal propensión no fomenta en el individuo la conexión espiritual ni le funciona como una sana directriz social de comportamiento y tampoco es beneficiosa como proyecto colectivo.
Se denominan Valores Positivos a los principios y a las creencias personales cuyas prácticas desarrollan la humanidad del ser. Y sirven de fundamento a las acciones tanto de principiantes como de veteranos del vivir.
Los Valores están presentes casi desde el inicio de la especie humana, la cual, por milenios, le ha dado valía al bien, a la verdad, a la virtud, a la belleza, a la felicidad. Sin embargo, el criterio para definir los valores ha variado a través de los tiempos, al igual que la idea que se tiene de ellos.
Cada uno valora al considerar y al preferir, y sus valoraciones se expresan a través de sentimientos, convicciones, credos, entendimiento, intereses, actitudes y actos.
Factores como la tradición, la estética, los esquemas sociales y en otros términos la comodidad, el goce, la utilidad, inducen a modificar los valores que se optan como guías.
Por supuesto, así como carece de validez una norma que no se integra a la conciencia, así también resultan los valores positivos si de éstos se desconoce su importancia. Por eso, hay que despertar la conciencia sobre la relevancia que tienen.
Una persona que actúa regida por valores positivos se beneficia a sí misma y se convierte en vector de conductas adecuadas, apreciadas por la familia y por la sociedad, cultivando con ello una impronta que seguramente dará motivos para celebrar como legado.
Indudablemente es apropiado considerar además los valores intelectuales y económicos. Sin embargo, la comunicación, la amabilidad, la paz, la libertad, el bien común, la generosidad, el servicio, la afectividad, el respeto, la integridad, la compasión, la sensibilidad, la gratitud, la responsabilidad, la solidaridad, la educación, establecen una diferencia de miras que orienta y provee diversos canales para llevar a cabo la concreción de cualquier meta personal o colectiva.
Son las actitudes y las propuestas positivas que evitan vencer la esperanza de realizar una valoración de los principios y de las creencias, que facilite emprender auténticos caminos de crecimiento y bienestar.
Las transformaciones humanas, a nivel personal o grupal, revalidan y desestiman valores; o generan nuevos. Pero más allá de la inclusión y de la exclusión que de ellos se haga, o que se acomode el parecer para clasificarlos en antiguos y modernos es fácilmente demostrable que los valores espirituales, morales y éticos continúan siendo eficaces para el desarrollo de la humanidad particular y para la convivencia y la armonía social.
¡Bendiciones!
La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas”.
K. Marx
miércoles, 18 de agosto de 2010
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