miércoles, 25 de agosto de 2010

Codicia

Desde tiempos inmemorables la humanidad ha tenido claras enseñanzas respecto al carácter de las consecuencias de sus excesos y la importancia que tiene mantener el equilibrio en sus actos de vida.

Pero, incluso, a nadie le es imprescindible ser instruido para ello. La conciencia individual es la mejor maestra para guiar en el camino aunque, por supuesto, también cuentan los valores humanos que sirven de cayado.

La actitud codiciosa, pues, no comienza en el grupo social, por ahí hace metástasis, sino con la decisión personal de obrar de esa manera.

“Dañosa es la abundancia que viene sobre gran codicia”, advierte Séneca.

Por los deseos de una ostentosa existencia fácilmente se decanta una postura individualista, presuntuosa, engañosa, corrupta, insensible e indiferente, siendo estos algunos de los ingredientes de ese coctel explosivo que hace colapsar los principios morales y las creencias.

El accionar del codicioso se torna subrepticio, evasivo, simulador, lo cual le atormenta la mente y le causa una ineludible ansiedad que le socava la salud emocional, mental y hasta física.

Pero, además, el proceder del codicioso perjudica significativamente a la sociedad porque, en su interminable afán de tener más, este se apropia de lo que no le corresponde buscando saciar presuntas necesidades para las que nunca siente que satisface.

Tanto los medios, que de manera enfática y permanente exponen a la sociedad a los peores excesos, como la ineficacia de controles sirven de excusa para los actos del codicioso. Los resultados nefastos de la falta de integridad se esparcen e igualmente la tendencia a ser emulada por otros, moralmente vulnerables, que observan que para tal comportamiento hay ausencia de una sentencia punitiva que la “legitima”.

Existen notables diferencias entre codiciar y crear riqueza y disfrutarla de forma adecuada, manteniendo la prioridad en el crecimiento personal y en las respuestas a los compromisos familiares y con la comunidad.

Sin embargo, una conducta codiciosa ralentiza la evolución del ser humano.

El profeta Mahoma, sabiamente destaca: “Tres cosas hay destructivas en la vida: la ira, la codicia y la excesiva estima de uno mismo”.

Por eso, la crianza que da preferencia a la expansión de la espiritualidad, a los valores positivos, a los hábitos de vida sana, al desarrollo de la conciencia social es un elemento clave en el desarrollo individual.

Es preciso intensificar acciones familiares, académicas, profesionales, laborales para explicar el impacto que ocasiona la codicia y para implementar medidas que la eviten o la sancionen apropiadamente.

¡Bendiciones!

“Si un individuo posee la base espiritual necesaria, no se dejará vencer por (…) la locura de poseer. Sabrá encontrar el justo equilibrio, sin pedir demasiado. El peligro constante es abrir la puerta a la codicia, uno de nuestros más encarnizados enemigos, y ahí reside el verdadero trabajo del espíritu”. Dalai Lama

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