Mi hijo, mi casa, mi auto, mi amigo, mi trabajo, mi mujer o mi marido, mi jefe, mi país, mi empleado, mi dinero, mi, mi, mi... ...
Habrá que determinar si esta forma de expresión es simple retórica o responde a un sentido de pertenencia.
Es interesante observar que el ser humano nace sin nada y al morir tampoco necesita ni se lleva nada. Sin embargo, transita la vida apropiándose de todo. Desde las personas a las cuales se vincula hasta de los recursos naturales.
Innumerables son los que desarrollan celo, actitud de posesión y dominio, y prefieren a los dependientes.
Hay quienes, tras un falso significado de seguridad, recorren el camino acumulando objetos como símbolo de una vida afortunada.
Malgastan energía y tiempo en instituir estándares que les imponen a otros, haciendo elección por una desenfrenada consumición.
Muchos se vuelven proclives a elegir atajos que comprometen su integridad, y les es casi imposible separarse de la debilidad para crear lazos afectivos horizontales y comunicarse con los de su misma especie. Confunden las virtudes espirituales y humanas con los valores materiales
La mayoría clasifica el conocimiento, la raza, la ideología, la religión, las actividades, los lugares y demás, para establecer grupos de pertenencia.
El propósito de la existencia tendrá que ser revaluado. En algún momento la reflexión deberá conducir al despertar para, por lo menos, reducir el miedo, el dolor y la infelicidad. La manera de eliminar esto es renunciar a considerar como propiedad a las personas, medios o recursos que nos facilitan la vida.
Se trata de interactuar, utilizar, disfrutar, compartir y agradecer lo que disponemos, sin adueñarnos de ello. Así, frente a la falta lograremos trasmutar conscientemente la tristeza y evitar el sufrimiento.
Con lo que se trasciende es lo que se tiene. Entonces, la iniciativa será emprender la ruta de explorarse internamente para descubrir lo que está fuera de la ilusión. Dar atención a la verdadera pertenencia. Esa es la diferencia.
¡Bendiciones!
"No poseemos ni nuestro hogar, ni nuestros hijos, ni siquiera nuestro propio cuerpo. Sólo se nos dan por un tiempo corto para que los tratemos con cuidado y respeto”. Budismo
lunes, 9 de junio de 2008
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