La inconciencia continúa dándole preeminencia a la apariencia.
Incluso, la disponibilidad de información que ofrece la modernidad también se utiliza para incentivar el criterio de selección en la interacción humana, basado en la apariencia del otro.
Cada día se ratifica que desde la perspectiva social, la gente necesita de “credenciales” para ser tratada con deferencia y aceptada con más facilidad.
La valoración se le otorga al rango, a la posición, a la influencia, a la imagen, a el poder. Y la etiqueta enuncia el papel que la persona representa: ejecutivo, funcionario, consultor, orientador, sabio, empresario, militar, intelectual, gobernante, artista, deportista, político, religioso.
Funciones clasificadas para desempeñarlas con atributos o sin ellos. La clasificación le indica al individuo como debe vestir, lo que debe decir, adonde debe ir... ... Y comienza el espectáculo idealizando los personajes.
Pero, ¿qué ocurre cuando la persona, para representar un rol social exhibe un comportamiento humano contrario al que tiene a solas, con la familia o entre sus allegados?
Porque muchos se la pasan mostrando a los demás el perfil, el currículo, la titulación, la tarjeta de presentación o procurando la atención. Fingiendo sofisticación, amabilidad, respeto, seriedad, bondad y hasta santidad.
De modales ensayados, actúan con simulación, engaño, disimulo. Pretenden controlar la opinión de los demás ocultando sus debilidades.
Al carecer de coherencia entre el pensamiento, el sentimiento y la actitud se tropiezan con su propia tarima o sucumben a la presión social o desarrollan un descarnado desprecio hacia los valores y principios personales y sociales o son víctimas de controversias, de juicios veloces.
Escasea la decantación humana y parece que las comunidades están siendo conformadas por fabricantes y portadores de etiquetas, que quisieran ser apreciados sólo por sus apariencias.
La gestión humana cimentada en la simulación es una carga que agobia y pesa. La falta de autenticidad coloca a la persona en dificultad.
Entonces, es oportuno preguntar, ¿qué trascendente es una titulación o un puesto que hace vulnerable al individuo para que lo represente aunque tenga que usar un disfraz frente a los otros? ¿Qué sentido tiene tal actitud?
Hasta donde sabemos, el ser humano, sin importar sus credenciales, transita el camino evolutivo.
Por eso, la persona no tiene que demostrar lo que no es y lo que no hace. La legitimidad del ser se expresa de modo natural. Sin fingimiento, sin falsedad.
Lo que agobia no son las credenciales, sino ocultar debilidades y limitaciones de nuestra humanidad para satisfacer a los demás. El cumplimiento de cualquier rol en la vida conlleva la superación personal.
La conducta a seguir debe ser más elevada que la simple apariencia.
La dignidad es la credencial primaria, y la confiere la verdadera condición espiritual y humana. Es el mejor atractivo de la humanidad del individuo.
El conocimiento, las capacidades, las potencialidades deben estar fundamentalmente orientadas a ser una buena persona y a hacer lo correcto. Que sea la calidad de los actos la que respalde las credenciales.
¡Bendiciones!
“Obra siempre de modo que tu conducta pudiera servir de principio a una legislación universal”. E. Kant
miércoles, 3 de junio de 2009
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