¿Qué cree que posiblemente haría usted u otra persona si hoy le dijeran que, inevitablemente, va a morir pronto?... …
Bueno, probablemente la reacción sea preguntarse: ¿por qué yo? O protestar porque tal noticia deshace los planes de vida o maldecir porque no se sabe cómo manejar semejante situación.
Quizás, se reflexionaría y se decidiría cambiar la forma de vivir de los que serán los últimos días, por ejemplo: compartiendo más con la familia, perdonando a la persona de quien se recibió maltrato, confesando tristes verdades ocultas, construyendo momentos especiales con los hijos.
O tal vez, disfrutando de ciertas actividades postergadas, expresándole amor a una persona que aún no se le ha dicho lo que se siente, dejando de lamentarse por los aprendizajes de vida, siendo flexible en aspectos que mejorarían la existencia de otros y las relaciones con ellos, y hasta poniendo “la casa en orden”.
Incluso, con más facilidad podría percibirse la diferencia entre lo único a llevarse y lo todo que se dejará y entre lo fútil y lo útil, para ¡por fin! ver con claridad la discrepancia de lo intrascendente y de lo que transciende, desapegándose así de lo material y eliminando la pesada carga que dificulta el tránsito del vivir.
También podría optarse por andar por un sendero de paz, de armonía y de afectividad productiva. Y podría, cada día, agradecerse a la Vida el tiempo tenido y el que quede de subsistencia.
Comúnmente, la mayoría de la gente dice que de saber cuándo morirá reestructuraría su vida, porque la muerte es un acto desconocido, misterioso, para el cual se quiere estar “preparado” porque no se sabe qué sucederá “en el más allá”. Pero, pensar y actuar de esta manera evidencia una actitud irreflexiva.
¿Acaso se ha olvidado que día a día desde que se nace, usted, los otros y yo, estamos muriendo?... Entonces, ¿por qué hay que esperar que alguien nos diga lo que siempre hemos sabido?
¡Claro!, falta aceptar la irrefutable verdad de que todo cuanto existe está transformándose… y está muriendo. Esa es la respuesta al ¿por qué yo?
Por lo tanto, aunque se ignore con exactitud cuánto falta para morir, ¿qué es lo que se espera para atender los aspectos importantes de la vida personal?
Independientemente de la filosofía en que se fundamente el propio vivir o de cualquier religión que se profese, todos estamos muriendo; esa es la verdad incontrovertible. Entonces, como morir podría ser mañana, ¿es o no es mejor que cuando ocurra ese irremediable evento se hayan estado realizando acciones evolutivas?
Vale reflexionar tranquila y detenidamente acerca de esto y decidir cómo quiere continuarse desarrollando la existencia particular, porque en la vida es que se evoluciona; no en la muerte.
Hay que aprender a vivir, para no apesadumbrarse porque se va a morir. Lo relevante no es cómo se muere, sino cómo se vive. Por consiguiente, la reflexión debe ser sobre el cómo se está viviendo; no en el cómo o cuándo se morirá.
¡Bendiciones!
“Desconozco cuántos “mañana” tendré. Por eso, la ofrenda que de mí haga el día de hoy, podría ser el cierre perfecto de esta misión de vida”. Anónimo.
martes, 28 de junio de 2011
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