martes, 26 de julio de 2011

Ambición

Uno de los maravillosos aspectos de la inteligencia humana es posibilitarle al individuo mejorar sus condiciones de vida.

Los deseos de prosperidad y bienestar son legítimos, y el uso de la capacidad del pensamiento estratégico en el desarrollo de un concepto simple o audaz para alcanzar las metas, es loable. Sin embargo, si el logro de los anhelos se convierte en una ambición, es improbable que la senda elegida no sea cuestionable.

Generalmente, la ambición se convierte en un punto de inflexión de la integridad humana porque la pasión por lo material, por el poder, por la apariencia, representa para la persona una prioridad que suele incitarla a conseguir lo que desea sin observar ninguna regla. “La ambición es implacable. Cualquier mérito que no puede utilizar lo considera despreciable”, observa Eleanor Roosevelt.

Ciertas pautas familiares y los acondicionamientos sociales juegan un importante papel en el desarrollo de la ambición. Estos, pueden inculcarle al individuo la incorrecta creencia de que el dinero, el poderío, la fama, los bienes materiales es lo que hace cambiar favorablemente la percepción de los demás sobre uno mismo.

La ambición trae consigo la posibilidad de darle ese giro distorsionado al verdadero sentido de la vida. Y aparentando un halo de indestructibilidad, entonces el individuo tiende a preparar un escenario de vida regido por la indiferencia, la desconsideración, el egoísmo y la obstinación que, aunque lo disfrace con habilidad, es motivo para que muchos encuentren ofensiva la ostentación de riqueza y poder que hace.

“Pocas o ninguna vez se cumple con la ambición que no sea con daño de tercero”, afirma Miguel de Cervantes.

El ambicioso seduce cómplices para su delirante comportamiento; utiliza cualquier medio para conseguir lo que quiere, incluyendo a personas a las que trata como objetos; extravía la brújula moral y no son escasas las veces que se le hace difícil lidiar con situaciones escandalosas y descontroladas que inevitablemente también perjudican a otros.

“La ambición suele llevar a las personas a ejecutar los menesteres más viles. Por eso, para trepar, se adopta la misma postura que para arrastrarse” observa Jonathan Swift.

Se debe prestar atención a esto: todo exceso y obsesión es una deformación. La ambición es una ruta fácil para que las aspiraciones de prosperidad y bienestar pierdan su legitimidad.

Preferible será evitar tener que caerse del pedestal de la implícita arrogancia de la ambición para encontrar redención personal, o que sea esta el inicio de una vida de reclusión no planeada.

Hace bien realizar proyectos que representen desafíos de las destrezas humanas y que gratifiquen la existencia particular. Hace bien una trayectoria de logros que construya puentes para que en el futuro pasen otros.

Que el cenit sea una historia de vida equilibrada que permita disfrutar con humildad y sin sentimientos de culpabilidad, se obtendrá manteniendo un código de éxito medido por el cómo le hacen sentir los logros. No por el dinero, el poder, los bienes o la influencia que se obtengan, sino por la paz y la libertad que se experimente con las acciones diarias.

Ese es el balance entre el desear y el obtener lo que se quiere. Esa es la aspiración que beneficia la propia salud mental, emocional y física y que, además, repercute buenamente en la familia y en la sociedad.

¡Bendiciones!

“La ambición no es un vicio de la gente humilde”. M. de Montaigne