lunes, 30 de abril de 2012

Legislar (1 de 2)

Las disfunciones familiares y el impacto de la modernidad en el comportamiento humano han derribado valores positivos.

El respeto y la disciplina son herramientas de educación obsoletas, y la ambición y el individualismo dominan el ambiente familiar extensivo a los demás espacios de la sociedad.

En todas las comunidades del mundo existen regulaciones, leyes que conforman la base del orden y la convivencia entre sus miembros; normativas empresariales, laborales, profesionales, sindicales, académicas y demás. Todas orientadas a conseguir los mejores resultados en lo que hacen y en el cómo lo hacen.

Recuperar la firmeza en los roles materno y paterno posiblemente no será fácil, pero debe descartarse la imposibilidad de hacerlo. Ya el tema de la pérdida de valores familiares y sociales hace rato dejó de ser exclusivamente grupal.

La modernidad también le ha impuesto al individuo ir al salón de aprendizaje a sumar conocimiento aprobando determinadas materias en niveles de bachillerato, diplomados, maestrías y doctorados. Tiene que obtener certificados que avalen su saber para insertarse en los medios productivos ejerciendo un oficio, para ganar dinero y para progresar.

¡Excelente! Con eso se trata de resaltar la importancia que tienen las destrezas personales para generar la riqueza material y prosperar en ese sentido, contribuyendo también al desarrollo colectivo.

Pero, ¿por qué se exige tanto para satisfacer el aspecto material y no hay requerimiento alguno para educar a un hijo? ¿Cómo se explica eso? ¿Acaso en la sociedad, tienen más repercusión los bienes que el ser humano? ¿Cómo puede privilegiarse la riqueza material por encima de la riqueza humana? ¿No es el ser humano el que crea los bienes?

Quizás esta situación deba ser corregida a través de una legislación activa, profunda, que ayude a ampliar el entendimiento respecto a la trascendencia que tienen los hijos en la familia y en la sociedad mundial.

Continuará…

¡Bendiciones!