Casi toda la colectividad humana ha estado haciendo algo que repite de generación en generación: reclama ser liberada.
Liberada... salvada... ¿De qué? ¿Estamos en prisión o en cautiverio? ¿Quién nos tiene así? O, ¿somos esclavos o estamos atados? ¿De quién somos esclavos? ¿Quién nos mantiene amarrados? ¿Acaso no será que estamos presos, cautivos o esclavos de sí mismos?... ¿En verdad tenemos ataduras?... Pues, ¡claro que sí! y día a día las apretamos más.
Reflexionemos para despejar tal situación.
Diariamente se refuerzan las cuerdas que ligan a la dependencia de otros y otras a través del “querer”. De la misma manera, también se está encadenado/a a la agresión, a la soberbia, a el resentimiento, a los juicios, a los prejuicios, a la vanidad, a la codicia, a la consumición, a la frivolidad, a la inflexibilidad, a el estatus, a la discriminación, a el sectarismo, a la manipulación, a la apariencia, a el autoritarismo, a el espejismo, a el egoísmo.
Es el único cautiverio que se vive aferrado al enemigo; y lo que es peor, se persigue estar allí compitiendo con obstinación... ¿Qué paradójico, verdad?
Entonces, ¿por qué suplicar liberación a Dios, o a cual sea el nombre de la divinidad?
Ciertamente, la parte espiritual de el individuo pide liberación de las ataduras que le aplica la “personalidad” a la parte humana, porque ésta es su canal de manifestación.
Al ser humano le cuesta mucho dejar el cautiverio, la prisión o la esclavitud que se impone. Cree que será suficiente con clamar ¡liberación! Esa no es una actitud de ignorancia o ingenuidad, es por una absurda comodidad, una negación a afrontar la tarea de despojarse de las cadenas.
Dice un proverbio hindú: “Invoca a Dios, pero no navegues junto a los escollos”. Si cuando usted se posesionó del barco arrojó el timón y las velas por no considerarlos útiles a sus propósitos, no reclame salvación cuando sienta aproximarse la tormenta.
Será preferible que cada quien utilice su libre albedrío para desencadenarse; igual como lo hace para colocarse más cuerdas para atarse.
La liberación comienza por el interior. Para modificar la conducta se debe iniciar por los pensamientos y los sentimientos. Se precisa estar consciente; despertar del sonambulismo.
Con implorar no se soluciona nada. La forma de alcanzar la liberación es vencer la insaciable necesidad de “poseer”. Al eliminar esa atadura el resultado será revelador; se obtendrá la reclamada liberación que conducirá a la iluminación y al conocimiento.
¡Bendiciones!
“Ni siquiera un dios puede cambiar en derrota la victoria de quien se ha vencido a sí mismo” Buda
lunes, 13 de octubre de 2008
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