lunes, 8 de diciembre de 2008

Estatus ( y 3)

Nuestro enfoque respecto al tema del estatus no está orientado a rechazar el confort y la opulencia. Este, sólo pretende inducir a la reflexión sobre los cambios negativos en el comportamiento del individuo cuando quiere lograr estatus; como también a la importancia que le asigna y, sobre todo, a su confusión sobre el significado de la riqueza de la vida.

Lo que consideramos como tragedia personal y colectiva en este asunto es el consumismo, el hedonismo, el despilfarro, el individualismo, la extravagancia, el delirio de grandeza que se siente con este tipo de progreso.

Nos estamos refiriendo a una forma de vida que reduce o suspende en la familia la comunicación productiva, la diversión conjunta y la interacción para compartir los sueños, conflictos y anhelos cotidianos; a la sustitución del legado de bondad y afectos por bienes materiales; al ejemplo o la permisividad en la distorsión de los valores, lo cual facilita los eventos que precipitan la conducta impropia de los/as hijos/as.

Asimismo, a la necesidad de atención por la posesión o posición o querer impresionar y ser la envidia de otros a través de los objetos. Al uso del cuerpo como escaparate y a la obsesión con el manejo de la imagen.

Nos referimos, a la ansiedad que genera sentirse fracasados o culpables sino se alcanza estatus. Al expansivo estado de deterioro al que son sometidas las virtudes espirituales y humanas. A la búsqueda de credenciales intrascendentes en detrimento de la ética y de las creencias. A la desproporción que representa lo que se arriesga, se compromete y se sacrifica con relación a lo que se obtiene.

Especialistas de la conducta humana hacen alusión a que tenemos familia y sociedad de apariencia disfuncional; pero lo cierto es que éstas son disfuncionales. Por eso, la escala de respuestas dramáticas es indicativa de la profundidad de la crisis de estas instituciones.

Los recientes acontecimientos en las economías mundiales han puesto al descubierto que este punto de inflexión se ha extendido a nivel general. Entonces, posiblemente, quienes persiguen el estatus se están quedando sin tiempo y sin excusas para mantener tal situación.

Si usted está atrapado en esa condición, será preferible que comience por preguntarse lo siguiente: ¿Lo que piensan los demás tiene algo que ver con el valor positivo del individuo?...¿Cuál es el rango de aprecio que le concede la sociedad a la esencia del ser humano?... ¿Acaso las joyas, el auto, la casa, la vestimenta, hace que uno sea mejor persona?... ¿Qué criterio se aplica para establecer el estatus?...¿Quiénes son aquellos que tienen autoridad para dar un veredicto sobre la vida de alguien?... ¿En qué fundamentan su opinión sobre los otros?...

Por favor, entienda. El camino de vida es para desarrollar lo que usted es, no para presumir de las posesiones materiales. Aprenda a diferenciar el verdadero “bien-estar” de la frenética acumulación de objetos que tiende a ser el equivocado símbolo de una vida afortunada. No espere tocar fondo para vislumbrar la esplendidez y la riqueza veraz de su ser y de su existencia.

Desarrolle sus potencialidades, expanda la conciencia, edúquese, adquiera conocimiento, brinde afectos, afronte con entusiasmo los audaces desafíos para lograr sus metas. Y, sin afán, sin tensión, sin ansiedad, sin apego, regocíjese de todo lo que la vida le conceda.

De hecho, la vehemente aspiración humana debería ser hacer realidad la utopía del bienestar colectivo. El concepto de riqueza de John Ruskin lo expresa de manera simple: “Desarrollar la sensibilidad para que se pueda disfrutar de el amor, de la bondad, de la amabilidad, de la alegría, de la naturaleza”.

¡Bendiciones!

“Ser una persona afortunada significa que se tiene una buena fortuna, y una buena fortuna son las buenas inclinaciones del alma, los buenos impulsos y las buenas acciones”. Marco Aurelio.