martes, 26 de octubre de 2010

Poder

Probablemente, el deseo que mayor fascinación le provoca al ser humano es adquirir Poder. Pero hay dos clases de Poder. Uno es el poder interno y el otro es el poder externo.

Muchos entienden que a través del poder externo se alcanza la “gloria”, razón por la cual convierten en patología sus ansias de tenerlo o fácilmente sucumben a los oropeles de él.

El poder externo está asociado al interés de conseguir algo que casi siempre consiste en la posibilidad de dominar a otros, de resaltar entre otros, de adquirir bienes materiales o posiciones sociales tanto o más que otros. En términos generales, buena parte de este poder se procura para fines de aprovechamiento personal.

Se anhela poder para gobernar, controlar, consumir, invadir, rechazar, impresionar, avasallar, castigar o premiar. Y también se quiere el que ahora denominan los sociólogos “poder de demostración social”. Estos patrones de poder construidos por individuos, grupos y naciones tienden a omitir el deber que hacia los demás trae consigo el poder.

Parece que se precisa de una clara redefinición del poder externo, ya que éste representa una responsabilidad seria, como también un privilegio porque implica compromiso consigo mismo y con los semejantes y porque, además, se necesita valentía para asumirlo e integridad para utilizarlo.

Un ejercicio de poder consciente repercute favorablemente en todas las instancias humanas; y sus expresiones son diversas y valiosas. Es el poder que protege y defiende, el que aplica justicia, el que aglutina y concierta para lograr espacios de mejorías, el que fomenta la igualdad de oportunidad, el que abre senderos de colectiva prosperidad. Igualmente, el que contribuye con alguien facilitándole desplegar sus capacidades de crecimiento personal y productivo.

Esa es la práctica de poder externo que se espera de quien lo obtenga; el poder que, aun sea temporal, hace bien a la mayoría porque se trata de servir, no de concentrarlo para beneficio particular. Por eso, cualquier cuota de poder externo debe ser ejercida con honor.

Y respecto al poder connatural de la especie humana, es aquel que emana de su interior. El poder del ser humano de armonizarse, de desarrollarse, de realizarse, de transformarse. El poder que sostiene su esperanza, su entusiasmo, su fe, su positivismo. El poder que posibilita el buen manejo de los pensamientos, de las emociones y de las actuaciones. El poder de obsequiar la espiritualidad y la humanidad; el poder que provee discernimiento, sabiduría e iluminación.

El poder que permite desarrollar las potencialidades intrínsecas del individuo, y el que también posibilita acompañar a otros en el camino de aprendizaje para realizar lo mismo.

El poder interno, silente, que se debe develar para alcanzar la grandeza sin soberbia. El poder que surge al reconocer la esencia del ser; el que permea el ser para manifestarse como el auténtico Poder.

Ése es el Poder real, la verdadera supremacía. Ése es el Poder que convierte al ser humano en un genuino ente poderoso.

¡Bendiciones!

“El verdadero poder es autárquico para la evolución humana” (Anónimo)