A JE, por el ejemplo.
De la no aceptación de las diferencias surge el juzgar.
Algo que posiblemente inició siendo simples comentarios de tertulias, se ha convertido en epidemia.
Una pandemia de dictámenes incorporados a la cotidianidad de la comunidad humana.
Hay para quienes enjuiciar forma parte de su proyecto de vida. Lo desarrollan como un rasgo prominente. Tropezando, frecuentemente, con la piedra de sus peculiares juicios.
En menor o mayor medida el ser humano difama, execra, supone, censura, descalifica, etiqueta, distorsiona. En muchos, es una actitud que alcanza grados patológicos.
Explicaciones con interés ulterior que denigran cualquier relación. Críticas expresadas de manera críptica. Opiniones imprudentemente manifestadas. Atar cabos para sustentar argumentos. O denotar referencias como una táctica retórica dentro de un ambiente de informalidad. Son algunas entre múltiples maneras de sentenciar.
Sin agregar luces a la existencia de nadie, con ese tipo de actuación se revela lo señalado por un texto sagrado: “De la abundancia del corazón, habla la boca”.
Funciona como si tal proceder sirviera de válvula de escape o instrumento para, a través de la comparación, poder destacar o inocular, tal vez, los propios desaciertos.
El dilema que plantea dicho comportamiento es más humano que moral. Una praxis que, por lo lesivo, es de la competencia de toda la sociedad, excluirla.
El ámbito hogareño puede ayudar a evitar los primeros daños a la autovaloración personal; y la consiguiente costumbre generalizada que le asigna protagonismo social al hecho.
“Un día dedicado a juzgar a otro o a uno mismo, es un día doloroso”. Es cierto. Si hacerlo fuera suficiente para mejorar, la ruta hacia el crecimiento estaría más despejada.
Pero resulta que sólo cuando reconocemos nuestra unión en el espíritu es que podemos eliminar el viejo y errático habitud. Este vínculo es el ancla que favorece repensar sobre el deseo de todos: ser comprendidos y apreciados, no enjuiciados.
Debido a que en este campo el ser humano necesita mayor entendimiento de sí mismo, entonces, tiene que incrementar el impulso de accionar individual y conscientemente respecto a ello.
Es decir, aprender y enseñar que la realidad de los acontecimientos está más allá de perspectivas, razonamientos, lectura e interpretación de los eventos. Incluso de lo obvio y de las creencias, porque éstas pueden ser válidas para uno, pero no necesariamente para el otro.
Sumará estímulo para la abolición de este hábito repasar sus consecuencias. Allí, con certeza, habrá quedado una lección para cada quien.
¡Bendiciones!
“Jamás, ni por un instante, he visto claro dentro de mí mismo. ¿Cómo pretendes que juzgue las acciones de los demás?” M. Maeterlinck
viernes, 28 de marzo de 2008
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