Suele decirse que el ser humano ha perdido su capacidad de asombro frente a la magnitud de determinados hechos de malignidad o inmoralidad.
El “espanto” que ocasionan tales actos no se trata en este tema, como tampoco las disquisiciones científicas y filosóficas que entienden el asombro como una capacidad de la mente-cerebro y como fundamento de la filosofía o la pérdida del mismo por padecer ciertas enfermedades mentales.
El Asombro está presentado en esta reflexión desde la perspectiva de la percepción; la admiración que provoca ver y entender lo que está más allá de los sentidos. Porque, “Si las puertas de la percepción fueran limpiadas, todo aparecería ante el hombre tal como es, infinito”, dice el místico poeta William Blake.
En la actualidad, es significativa la proporción de personas que desde la infancia comienza a experimentar la vida siendo expuesta en demasía solo a lo que ofrece el mundo moderno y alejada de la incursión de los espacios internos que le faciliten el desarrollo de la facultad para asombrarse a través de su natural percepción.
Con tal orientación, la parte de ingenuidad, de inocencia del ser humano se ha ido mutilando, y tanto en el hogar como en la escuela lo inducen a adoptar conductas, a tener conocimientos o a buscar vivencias similares a la de la gente considerada “normal”.
Sin embargo, aunque la disposición al asombro no se está cultivando o está siendo restringida al darle preferencia a lo material y a lo evidente, no menos cierto es que no tiene sustituto el deleite que siente el individuo al permitirse las innatas expresiones de asombro de su ser a través del reposo de los sentidos, de la quietud del alma.
Filósofos y maestros entienden que cuidar en sí mismo la capacidad de asombrarse es condición primaria para llegar a pensar.
Para asombrarse se debe estar despierto, atento, silente, sin que de nuestra parte medie esfuerzo alguno para provocarlo.
En ese estado es cuando surge el asombro que produce observar la función misteriosa y extraordinaria de la estructura humana, la belleza e inmensidad de la naturaleza, la magnificencia del Cosmos.
Es cuando se pueden “ver” los delicados hilos que tejen el mundo, percibir lo palpable sin tocarlo, dejarse envolver en el éter metafísico que serena, que sorprende, que embelesa.
Es el éxtasis vivido frente a la existencia de la luz, del aire, de la danza perfecta etérea y tangible de la creación. Hay que aprender a amar y a gozar del indefinido asombro que todo esto origina.
Haría bien retornar a la poesía para rescatar la zona de sensibilidad que la prisa y la inconsciencia, como nueva modalidad de vivir, le han arrebatado a la forma connatural de vivencia humana. Así será más fácil entender al célebre poeta Serrat cuando dice: “Yo amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles como pompas de jabón…”.
Este es el asombro al cual es capaz de llegar el ser humano; el que necesita experimentar para expandir el conocimiento de lo interno y lo externo; el que depara regocijo y pensamientos serenos y maravillosos; el que provoca catarsis a los sentidos. Este es el asombro que ningún ser humano debe negarse a cultivar.
¡Bendiciones!
“To see a World in a grain of sand
and a Heaven in a wild flower,
hold Infinity in the palm of your hand
and Eternity in an hour.”
Auguries of Innocence. W. Blake
(Para ver un mundo en un grano de arena
y un cielo en una flor silvestre,
sostén el infinito en la palma de tu mano
y la eternidad en una hora).
Augurios de inocencia. W. Blake
domingo, 12 de febrero de 2012
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