En el transcurso de su vida, el ser humano dispone de ríos de energía la cual utiliza pura o contaminándola. Ejemplo de energías contagiadas lo son las que fluyen en el odiar, odiarse y sentirse odiado.
Del universo emocional humano, el odio es un sentimiento nocivo e inútil para cualquiera de las partes que se permita experimentarlo.
En general, el odio está basado en el miedo y/o en el dolor y responde a una necesidad no satisfecha de tener, de controlar, de destruir a personas o a algo; a una sensación de impotencia frente a lo que considera situaciones de injusticia, amenaza o indiferencia; como también, a una falta de valoración positiva de sí mismo o de parte de otro, siendo múltiples e impredecibles sus formas de manifestación a través de las palabras, los gestos, las actitudes.
Cuando una persona le va abriendo espacio a la angustia, al miedo, a la aversión, al repudio, con relativa facilidad puede llegar a experimentar odio, y la progresión de la intensidad de éste paulatinamente le provoca la pérdida del equilibrio emocional. El incremento en el estrés mental causado por tal sentir, muchas veces degenera en condiciones somáticas que afectan de manera negativa la función de ciertos órganos vitales, pudiendo, además, metamorfosear y transformar a quien odia en el objeto de su propio odio
La dimensión del odio es impredecible porque puede constituirse en el motivo o el preludio de hechos de violencia, discriminación, venganza y muerte. El odio ha propiciado separaciones personales, tragedias familiares y grandes genocidios humanos.
De igual modo esta energía se reproduce cuando el individuo reacciona negativamente frente a las expresiones de odio de alguien hacia él, u odiándose a sí mismo.
El miedo y el dolor son emociones comunes en la especie humana y cada quien actúa en función de lo que siente. Entonces, es preciso comprender esos sentires en el otro y lo que se derive de ellos no asumirlo como algo personal contra uno.
Si la experiencia de odiar es hacia sí mismo, la persona deberá revisarse la autoestima y, sobre todo, los valores intrínsecos de su espíritu y de su particular humanidad. Nada justifica el despreciarse, porque el no amarnos o no sentirnos amados, e incluso si fuésemos odiados, es excedido por lo que verdaderamente somos; esta realidad supera en demasía nuestros juicios sobre sí mismos y los juicios de otros sobre nosotros.
Es necesario renunciar a creer en el odio como un recurso de autocompasión, solución, desahogo u obtención; suspender la contaminación de la energía y su uso para alimentar y difundir esa emoción dañina; cesar la construcción mental del odio y darle paso al aprecio y al respeto.
Sentirse bien y tener pensamientos y sentimientos negativos al mismo tiempo, no es compatible. Una conciencia de unicidad de espíritu y una humanidad sensible y elevada, manteniendo la autoestima sana, son antídotos eficaces para contrarrestar el odio.
Recurra al discernimiento. Con una disposición positiva aprenda y enseñe a desarticular el odio y ponga al descubierto sus puntos luminosos y los de los demás.
La decantación humana debe ser por la cimentación de un legado de amor, no de odio.
¡Bendiciones!
“El odio es un sentimiento que lleva a la extinción de los valores”. J. Ortega y Gasset
jueves, 22 de octubre de 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)