“Todo ser humano vive por lo que espera”, afirma Giovanni Papini. Y parece que es así.
El individuo transita su camino de vida con la esperanza de vivir, de crecer, de aprender, de evolucionar, de amar, de dar, de tener, de conocer, de progresar, de superar, de sanar, de triunfar, y una extensa lista de “esperanzas de…”.
Esperanza en situaciones de felicidad, deseando que estas se mantengan; esperanza en situaciones de adversidad, deseando que estas se resuelvan. La cotidianidad transcurre entre una esperanza y otra; se puede resumir como un ejercicio continuo de esperanzas de ver cumplir lo que deseamos.
Sin embargo, muchas personas que se sienten solas, frustradas; que sufren de alguna enfermedad o enfrentan difíciles desafíos existenciales escasamente se permiten tener esperanzas, aprenden a replegarlas o las sustituyen por el pesimismo que la mayor parte de las veces se convierte en la semilla de sus fracasos para rebasar esas condiciones.
Aunque se puede considerar que “la esperanza es tan vacía como el miedo”, contrario a éste que debilita la mente y el cuerpo, la esperanza motiva a la acción, refuerza la confianza, el entusiasmo y suele tener un resultado distinto.
Ese estado del ánimo en la persona es un estimulante vital para enfocar las energías en el objetivo que se propone obtener, porque como bien señala Samuel Johnson: “Donde la esperanza no existe, no puede existir el esfuerzo”.
Hay esperanza aunque usted no quiera verla, esta es un bien común que todos los seres humanos poseen sin diferencia social o económica.
Hacer lo que quiere y lo que debe hacer de modo esperanzador, sin hipocresía ni impaciencia, siempre habrá de ser benéfico al individuo porque esa actitud va acompañada de una mente positiva. Cuando el sujeto se siente esperanzado en poder alcanzar lo que anhela puede ver más allá de las circunstancias desfavorables.
“La desesperanza está fundada en lo que sabemos, que es nada, y la esperanza sobre lo que ignoramos, que es todo”; tal es la opinión de Maurice Maeterlinck. Es una tácita propuesta a dar un salto en la percepción y dejar de pensar en lo peor sin darle tiempo a la esperanza; también lleva a colegir que conviene sostenerla y proyectarla.
Visto así, vale recordar que la esperanza debe apoyarse en reconocer la presencia del “Poder Supremo” en uno mismo. Es el reconocimiento que da el entendimiento sobre el concepto “Posible” que es sinónimo de viable, realizable, probable; es el reconocimiento que nos cambia la visión respecto al funcionamiento de lo exterior.
El ser humano necesita de la esperanza para recorrer su existencia de mano de la “posibilidad” de bien para sí mismo y para los demás.
La humanidad precisa de la esperanza para no rendirse frente a la búsqueda de lograr un mundo personal y colectivo que tenga un futuro mejor porque, aunque el pasado pudo haber tenido infortunios y en el presente aún prevalezcan, indefectiblemente seguimos avanzando hacia un horizonte de luz.
¡Bendiciones!
“En el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante, y detrás del velo de cada noche viene una aurora sonriente”. K. Gibrán
jueves, 24 de septiembre de 2009
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