Abraham Lincoln aseveró que: “La mayoría de la gente es tan feliz, como sus mentes les deja ser”. Por supuesto, la mente positiva y la disposición a actuar en consonancia, fundamentan el estado de felicidad.
Sin embargo, para un significativo porcentaje de personas la noción del positivismo la entienden como “ver las cosas fuera de la realidad”. No conciben el tratar de mantener la mente y la actitud en una condición positiva. Sólo ven la vida a través de situaciones peligrosas. Adolecen de discapacidad mental hacia lo positivo.
Desde su génesis, la Humanidad ha experimentado bienaventuranzas y adversidades, pero nunca como ahora ha sido tan perjudicada con la práctica y la difusión de lo desfavorable.
Muchas veces se convive con alguien que tiene vocación para la infelicidad y contamina la cotidianidad con un alud negativo por su frustración consigo mismo. Otras veces esa actitud procede de algún familiar, vecino, amigo, empleador o compañero, quienes de maneras diferentes intimidan al otro con sus “visiones” o “predicciones” fatalistas.
También están los especialistas en noticias negativas; como aquel que sin reparo le anuncia a la madre “que a su hijo le ocurrió una tragedia”, y no alcanza a decirle que al muchacho sólo se le quebró un brazo, porque a ella ya le causó un desmayo o tal vez un infarto.
De igual modo, se cuenta con los adictos a lo aciago, que escriben o hablan sobre situaciones particulares o generales utilizando cualquier medio de comunicación, provocando en el lector o escucha una sensación de estar habitando un mundo donde solamente suceden episodios kafkianos.
La costumbre de presumir de “realista” y de pretender convertirse en oráculo, tiende a dar un triste espectáculo. Son como erupciones volcánicas humanas expulsando la candente lava de sus criterios. Día a día explotan la vulnerabilidad mental de tantas personas que sucumben en el pesimismo propagado con sensacionalismo.
La verborrea negativa se constituye en un insoportable ruido que diezma poco a poco el ánimo de sí mismo y de otros. Lo adverso desova en las mentes susceptibles, y abrumadas éstas por los pronósticos perturbadores, reproducen el miedo y el desaliento.
Entonces, vale preguntarse: a las personas que andan por las vías del bienestar o por las profundidades del abismo, ¿de qué les sirve saber sobre supuestas realidades negativas o futuros sombríos sin darles a conocer soluciones positivas?
¿Cómo mejora la condición humana las opiniones atemorizantes? ¿Cuál es el deleite que produce contar historias de espanto? ¿Acaso tal actitud es por morbosidad, por cinismo, por maledicencia, por inconsciencia o por ignorancia supina?
Todos los seres humanos cometen errores de juicio, ya que es evidente que cada persona define la vida, como la ve, no como es, porque si así fuese, entonces, ¿quién tendría la razón?
Por eso, el planteamiento no es ocultar, no comunicar, sino establecer claramente el propósito beneficioso del acto.
Se precisa de prudencia para informar, diagnosticar, acusar, comentar, aconsejar, dirigir; tomar en cuenta el qué y el cómo se dice lo que se dice.
La gente tiene sus propias batallas internas que librar y es insensible agregarle más motivos de inquietud.
Es necesario un muro de contención para el daño que la irracionalidad individual y grupal ocasiona con lo negativo. Es indispensable estimular la modificación de tal comportamiento para bien de sí mismo y de la sociedad.
Continuará…
¡Bendiciones!
“No vemos las cosas como son, vemos las cosas como somos” Talmud
martes, 30 de junio de 2009
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