“La fama es la amada de todo corazón humano”; ésta es una opinión de Charles Dickens. Infortunadamente, podría ser así.
De una u otra forma el ser humano es proclive a dejarse seducir por la fascinación de sobresalir y en muchos casos lo ansía con tanta vehemencia que, de repente o paulatinamente, arriesga aspectos esenciales de su vida.
Por supuesto, hay diferentes motivos para lograr fama. Por ejemplo, unos obtienen popularidad con la futilidad y otros ganan notoriedad a través de su integridad.
Pero, la ruta hacia la fama es análoga al escalamiento del Everest: prepararse físicamente no es suficiente, porque un edema pulmonar o cerebral puede atacar sin avisar; eso dicen los especialistas en la materia.
Cuando se comienza a recibir lisonja, ensalzamiento, preferencia, o sea, a alimentar el ego, con facilidad se termina perdiendo el norte y construyéndose el propio avatar, porque, generalmente, también con ello se atrae la envidia, la intriga, las disputas, las exigencias y la necesidad de llenar apariencias para saciar las expectativas de los demás.
En ese sentido, entre otras actitudes, innumerables son quienes hacen una exposición intencional de la cotidianidad de sus vidas, comprometen su proceso evolutivo, sus valores y criterios personales, los espacios familiares, su tiempo para el descanso y los amigos.
Hay que transformarse en habilidoso actor para sustentar un rol de famoso. Optar por satisfacer lo que quieren los otros puede llevar al mercantilismo emocional si se pierde la capacidad de auto-controlarse y mantener el equilibrio existencial.
Difícilmente alguien esté preparado para bregar con las trampas externas de la celebridad. Convertirse en objetivo, someterse al escrutinio personal y social que normalmente altera la vida diaria, es causa de conflicto familiar, provoca fingimiento, hastío, hostilidad. Y crea tendencia a las relaciones inestables y poco gratificantes.
“Por querer alcanzar la cima uno se olvida del suelo y de saber que tu propia casa es la sucursal del cielo”. Poéticamente, Ricardo Arjona refiere tal situación de esta forma.
Ahora bien, cuando la fama eleva sus demandas a niveles extremos o amaina el impacto o ésta remite, entonces, varía el panorama. Se hace más revelador el precio que involucra la popularidad. En poca o mucha cota, esta es un triste espectáculo.
Por lo tanto, el individuo, apabullado por la vorágine descendente de su nombradía puede comenzar a experimentar ciclos de abandono, traición, subterfugios, mentira. Porque los mismos que le colocan alto le execran cuando sienten que no pueden disponer de esa persona a su antojo.
Dice el Maestro: “¿Sabes por qué la virtud deja de ser verdadera…? La virtud deja de ser verdadera por causa de la fama… … La fama es ocasión de que los hombres se avasallen unos a otros… es un instrumento nefasto… y con ella no se puede llevar a la perfección la conducta del hombre”.
En cualquiera que sea su rango, la popularidad arrebata o afecta en mayor o menor grado el reposo interior, la paz del entorno. Por ella, se cambian las prioridades, se redefinen los intereses y resulta difícil de conciliarla con una sana y plácida manera de vivir.
Por lo visto, conserva vigencia, y más ahora, la acertada expresión: “Un hombre que no desea nada, es invencible”.
Se requiere de un profundo desarrollo de la conciencia para librar las batallas con las peculiaridades de la fama.
Sin importar cual sea el sinónimo que usted quiera emplear para denominar su deseo de destacar: fama, celebridad, popularidad, prestigio, honor, gloria, cuide que ese anhelo no le deforme la verdadera visión de la senda que debe recorrer y le conduzca a tener unos días finales marcados por una vida de reclusión no pensada.
¡Bendiciones!
“Bendito aquel cuya fama no hace palidecer el brillo de la verdad”. R. Tagore
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