El individualismo que proviene del egocentrismo es una actitud insana en el ser humano. Comienza a desarrollarse en el niño o la niña en la esfera familiar si a éste/a se le induce o se le permite centrarse exclusivamente en sí mismo/a, impidiéndole la adecuada evolución de la sensibilidad, la solidaridad, la sociabilidad.
Esa forma de individualismo, se muestra, por ejemplo, en un delirio de atención para consigo; una insaciable preferencia de lo “mío” sobre lo “nuestro”; una desenfrenada inclinación de sobresalir empujando a otros hacia abajo; un desdén por los sentimientos ajenos; un sentirse el centro de todo pretendiendo que los demás, de manera constante, hasta con los afectos le privilegie.
Cuando el individualismo surge de la egolatría la persona quiere vivir en un mundo subordinado a sus demandas. En ocasiones, suele considerar a los otros como amenazas para sus ambiciones o exhibe una propensión a utilizarlos para satisfacer su conveniencia.
En cualquiera de las expresiones narcisista, materialista, afectiva o disfrazado de una búsqueda interior del propio yo, el individualismo es insano.
Sin embargo, en este tema hay que distinguir dos aspectos relevantes.
El primero, es saber que igual al mencionado tipo de particularismo, la actitud de excesiva dependencia que revela inseguridad, indecisión e incapacidad para realizar las tareas de crecimiento personal y el desarrollo de las cualidades individuales, tampoco es saludable.
El segundo aspecto, es estar consciente de la importancia que tiene como manifestación de un individualismo positivo, por ejemplo, crear espacios de introspección para cultivar la esencia del ser y efectuar actividades que deparen disfrute en solitario como escuchar música, pintar, escribir, leer.
Existen muchas cosas, no solamente materiales, que los demás pueden proporcionarnos y que nosotros mismos no podemos procurarnos. Por tanto, lo que favorece es el equilibrio entre las acciones independientes y las acciones que permiten interactuar con los elementos de vida que producen una vigorosa relación consigo mismo, con la familia, con la pareja, con las amistades y con los vínculos sociales.
Al vivir un individualismo basado en la dinámica del dar y del recibir; en el mejoramiento de la propia humanidad; en la comunicación; en una posición abierta, empática y comprensiva hacia el otro y sus necesidades, así como en el compromiso social, el ser humano obtiene una individualidad potenciada y realizada que le reporta una vida de satisfacción.
¡Bendiciones!
“Ninguno de nosotros existimos con independencia de nuestras relaciones con los demás. Diferentes situaciones y personas evocan algunas cualidades de nosotros y dejan otras dormidas. En cada una de estas relaciones, somos diferentes, de alguna forma nuevos”. M. Wheatley
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