Prácticamente toda la población mundial ha establecido diferentes formas de lo que estima como “comunicación” con la deidad en la que cree, y unas cuantas de las sinónimas y conocidas denominaciones para hacer eso son: rezar, pedir, orar, invocar, rogar, implorar, suplicar.
Desde tiempos inmemorables, otras maneras de entrar en contacto con la Divinidad las constituyen los cantos, el baile y las alabanzas; los rituales no verbales, ceremoniales basados en el silencio, los gestos reverenciales, la adopción de ciertas posturas corporales y la quietud mantenida en ellas. Como también, los mantras y las afirmaciones.
Recursos distintos se utilizan para efectuar los ritos: campanas, velas, incienso, lecturas de textos religiosos, ofrendas de animales, bebidas, flores, frutas, y el uso de vestimentas especiales.
Con la plegaria se clama, por ejemplo, por los vivos, los enfermos y los muertos; para pedir la materialización de deseos particulares, la resolución de determinadas situaciones conflictivas, la posibilidad en el bien obrar o cumplir una responsabilidad contraída.
Unas personas hacen de sus preces, cánticos o afirmativas un ejercicio diario; pero otras, recurren a esto solamente cuando se les evidencia su impotencia para resolver circunstancias difíciles, que de un modo u otro les atañen.
Con relación al presente tema, en dos aspectos importantes quiere hacer énfasis esta reflexión. El primero es que, cualquier súplica sincera es un hecho de humildad; una admisión de las limitaciones humanas, y una tácita declaración individual de confianza en la divinidad considerada con poder infinito para viabilizar los anhelos y los propósitos.
El segundo y más relevante aspecto es, estar conscientes de que el Poder Superior al cual se invoca, habita en uno mismo. No está separado, es el Espíritu; invisible a los ojos físicos pero es la esencia de todos y de todo. Por tal razón, sobre el concepto de la oración también debe reflexionarse. Las siguientes palabras de otros nos sirven de orientación respecto a esto. Veamos.
El Maestro Jesús, según Mateo 6,7, advierte: “Cuando recen no seáis palabreros, como los paganos que piensan que por mucho hablar serán más atendidos…". La Madre Teresa de Calcuta señala: “El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe…”. Un autor desconocido expresa: “La oración no se trata de pedir cosas, sino de comprender que no necesitas nada más que la presencia de Dios y descansar en esa morada…”; y Pedro Finkler, lo indica así: “El contemplativo trabaja, lee, pasea, viaja, hace compras, reza, visita a sus amigos, etc. Más, en el centro de sus actividades está siempre aquel sentimiento de íntima unión con Dios”.
Esto significa, pues, que cuando se reza no se trata de religión, lugar o artificio alguno; ni de listar rogativas, ni de una escena de santidad; o de un convencionalismo existencial o de una excusa para satisfacer un requisito social. Se trata, de entender que, como dice el autor desconocido: “Orar es un acto simple de colocación ante la presencia interna de lo Sagrado”.
Por eso, percibir la Presencia de Dios en usted y permitir y agradecer la manifestación del poder de esa Presencia en la cotidianidad suya, es la única imprecación absolutamente suficiente.
¡Bendiciones!
“La plegaria no es un entretenimiento ocioso... … es el instrumento más potente para la acción”. Mahatma Gandhi
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