El Beato Santiago Alberione dijo:"Se camina con dos pies; la humildad es el pie izquierdo, la confianza el pie derecho”. A muchos, conjugar estas actitudes les parecerá contradictorio; pero no lo es, las dos son compatibles e importantes en el ser humano. La confianza se la proporciona el Poder de su espíritu y la humildad debe ser la modalidad de expresión de su personalidad.
El individuo tiene potencial espiritual infinito y de él le emana la confianza y la posibilidad de realización en su vida. Empero, también tiene limitaciones humanas y éstas le llevan a obrar con modestia para reconocerlas.
Numerosos son quienes solamente asocian la humildad con la pobreza, con la sumisión y hasta con el temor, y evaden referirse a ella para señalarla como sustituta imprescindible de su antónima la soberbia. Sin embargo, tanto la modestia como la soberbia pueden hallarse en el accionar de las personas sin distinción grupal alguna.
En el ser humano es tarea difícil despojarse de la presunción. Parece que se suman los que gustan de exhibir un ego inflado cuando reciben un poco de atención y halago; se conducen creyéndose superiores, mostrando necia ignorancia sobre la verdadera condición de su especie.
Renunciar a la petulancia no es fácil cuando se quiere mantener una postura altiva para ocultar debilidades, deficiencias o carencias. Igual no lo es para imponer conocimiento, creencia, fuerza; diferencia racial, social, laboral, económica o de nacionalidad, porque como advierte Ernesto Sábato:"Para ser humilde se necesita grandeza”.
La humildad está considerada virtud. Y tal aprecio, bien ganado lo tiene. Ella refleja el estado consciente del individuo de sus limitaciones humanas y del inevitable proceso de crecimiento que conlleva su fundamental misión de vida. Esta significa entender que uno mismo, al igual que los otros, no ha completado el proceso de evolución y, por tanto, no puede pretender ser modelo de perfección en ningún aspecto de la existencia humana.
Por ese motivo, resulta cuesta arriba completar el día sin una dosis de humildad en cada acto cotidiano; ya sea para aprender y enseñar, para dar y recibir, para escuchar y hablar, para disfrutar y sufrir.
Valiosa es la modestia en la reflexión y en la acción, en el ejercicio del poder, en el acceso al saber. También, para conocer la verdad y obtener sabiduría, conocerse a sí mismo, moldear el carácter, profesar una religión, ejercer una profesión, efectuar las pequeñas grandes obras o relacionarse con la parte humana de los demás.
La humildad no admite discriminación, descalificación, agresión. En ella se encuentra la calidez, la paciencia, la tolerancia. Los individuos tienden a acompañarla con gestos de aceptación, incluyentes y sonrientes.
La modestia no se propaga, sólo se experimenta con conciencia y se procede en consecuencia.
Hay que desarrollar la vida de humildad y una convivencia en ella; educar en la humildad y ofrecerla como lección a través del amor para coadyuvar a la unidad de la Humanidad.
¡Bendiciones!
“Cuanto más grandes somos en humildad, tanto más cerca estamos de la grandeza”. R. Tagore
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