lunes, 30 de noviembre de 2009

Sinceridad

Existe discrepancia acerca de la sinceridad. Algunos consideran que expresarla puede ocasionar disgustos, representar un obstáculo para ciertas victorias y para ejercer poder, o que lo que en verdad se quiere decir se dice con más franqueza cuando se está enojado. Sin embargo, otros la estiman como un bien personal y un valor en la relación con los demás.

En cada caso el argumento habrá de ser resultado del cómo, porqué y cuándo se haya actuado con sinceridad.

Abundan para quienes su incapacidad de ser sinceros es patológica, y es inútil y artificioso sostener con ellos una interacción que pueda genuinamente contribuir con la claridad de cualquier situación que se debata.

Muchos respiran en atmósfera de arrogancia y arremeten contra los demás utilizando la sinceridad para obtener protagonismo. Como también hay quien lastima al prójimo con sus calumnias o proclama sinceridad liberando brutalidad y desprecio.

Otros son hábiles simuladores de lealtades y sentimientos; sacan ventaja al fingimiento y hay que descodificar el mensaje y las expresiones para hallar la verdad de lo que sienten.

Ciertamente, el disimulo puede facilitarle al individuo lograr objetivos, y más cuando él también puede manipular. Pero es poco probable que este alcance consistentes éxitos en función de la falsedad, sin que en determinado momento alguien devele la veracidad de lo que oculta o su propio malestar no le sofoque.

Tales actitudes traducen la acertada afirmación de Buda respecto a esto: "La sinceridad no es el privilegio de los que yacen en la servidumbre del odio y del deseo".

Posiblemente del qué se busque conseguir deviene la caracterización negativa que algunos le atribuyen a la sinceridad.

Los actos sinceros no son para agraviar al otro. Son para manifestar, desde una posición natural y prudente, lo que se piensa y se siente; sin sofisma ni hipocresía, de ahí procede el valor de la franqueza.

Por eso, para actuar con sinceridad debe tomarse en cuenta el respeto, la intención y la cautela, cuidando las palabras, el tono y el gesto que se emplea y atendiendo la finalidad, las circunstancias y el estado emocional del interlocutor. Y si la observación, la opinión o el comentario ha ser emitido es sobre una tercera persona, también debe vigilarse el propósito de eso; el cómo, porqué y cuándo se hace, es la medida de lo que uno mismo quiere recibir de los otros.

Esta es una más de las prácticas que deben iniciarse en el hogar; con el ejemplo de las figuras materna y paterna el hijo y la hija asimilarán la actitud sincera de la forma que les sea ofrecida por sus mayores.

La sinceridad fortalece los nexos personales y las relaciones humanas. Y cautiva cuando se cultiva con un sentido de humanidad y humildad.

¡Bendiciones!

“Las personas que se guían por la sinceridad y unos principios firmes tienen una gran influencia sobre aquellos que las rodean. -- Las personas se sienten atraídas de manera natural hacia ti y están deseosas de compartir tus ideas, procedentes del corazón. Al no intentar manipular ni dominar a los demás, éstos tienden a cooperar contigo de forma espontánea. Se dan cuenta de tu actitud desprendida y cálida y se sienten cómodos en tu compañía. -- Debes mantener un equilibrio natural entre sentimiento y pensamiento, entre corazón y cabeza” I Ching

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