jueves, 12 de noviembre de 2009

El ejemplo

Las palabras mueven, el ejemplo arrastra”, de autor desconocido, esta expresión encierra una efectividad confirmada sobre la cual descansa el accionar del hombre y de la mujer en la institución secular denominada Familia.

En el tema anterior nos referimos a la Familia como una organización social de orden natural cuya finalidad es cuidar y criar de manera personalizada al individuo en su desarrollo, especialmente en los primeros años de su vida.

La capacidad de raciocinio del ser humano se desarrolla gradualmente y las lecciones predicamentales penetran lentamente, mientras que la imagen recibida hace que la manera de actuar sea más determinante que las palabras.

En tal proceso la familia constituye el primer canal en educar por medio del ejemplo como norma, y los/as hijos/as terminan concretando la imagen de la madre y del padre sobre el cómo son ellos y no sobre cómo dicen ellos que hay que ser.

Por eso, cuando aún el razonamiento es inmaduro la divergencia entre el discurso y el ejemplo puede conducir al nihilismo, se puede experimentar frustración, llegar a cuestionarse la educación recibida y considerarla carente de valor.

Lo mismo sucede con cualquier otra ruta de educación, debe apoyarse en la coherencia para evitar que la dicotomía entre la teoría y la práctica cause distorsión en la capacidad comprensiva del receptor/a del mensaje.

Como el individuo es un conducto de ejemplo para otros, los valores positivos que quiere en los demás deben guardar correspondencia con los que muestra en su comportamiento, para dar el ejemplo. “El tipo más elevado de ser humano es el que obra antes de hablar, y profesa lo que practica”, afirma Confucio.

Muchos hábitos insanos y personas de vida no ejemplar convertidas en “modélicas” a través del mercadeo y la publicidad ejercen influencia en la conducta de niños/as, adolescentes y jóvenes. El mundo del consumismo, de la política o del espectáculo suele ser muestra de esto por el impacto que causan los escándalos de conductas lascivas; los actos de irresponsabilidad, corrupción, violencia; las relaciones inadecuadas, las adicciones…

Lo antes indicado deja claro que aunque se puede hacer con la propia vida lo que se quiera, no quiere decir que se deba, porque el ejemplo influye en todos los estamentos humanos, ya sea en las costumbres y los modales; en las decisiones particulares, en la convivencia de pareja y familiar; en la interacción con los amigos, en el centro laboral, de estudio o diversión.

La aspiración de alcanzar un Estado de Bienestar debe ser entendida y erigida sobre una sólida plataforma de valores positivos, expansivos a partir de la propia conducta ejemplar.

Madres y padres; dirigentes empresariales, comunitarios, eclesiásticos, profesionales, mediáticos; gobernantes, funcionarios, profesores, orientadores y demás educadores deben encauzar sus esfuerzos para que, inducido/a por el ejemplo del bien, el/la ciudadano/a pueda desarrollar mayor conciencia y sensibilidad humana; esto debe ser concebido como una simple respuesta de responsabilidad social individual.

El ejemplo no trata de impedir el respeto a la libertad de los demás y no pretende reproducir una segunda versión de sí mismo, sino ayudar a construir una única versión del otro.

La reconocida importancia del ejemplo viene dada por su eficacia respecto a otras formas de educación. Y, por supuesto, por el hecho de qué tanto camino ha despejado, las consecuencias, qué impronta ha marcado o qué tan transformador ha sido y ha significado tenerlo como punto de partida para transitar la propia vía.

Potenciar el ejemplo del bien aporta resultados de excepción. Persuadir por medio de él puede prevalecer de generación en generación, porque los educados de hoy serán los educadores del mañana y lo harán tal como han sido educados; éstos habrán de ser los multiplicadores de los valores positivos humanos y sociales.

¡Bendiciones!

“Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera”. A. Einstein

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