martes, 28 de septiembre de 2010

Dios (1)

En sus distintas denominaciones, “Dios” es el nombre más pronunciado por los adeptos, practicantes o no, de las religiones monoteístas.

Esta reflexión está basada en el nombre “Dios” por la cotidiana relación que con él mantenemos.

La expresión: “El ser humano ha sido creado a Su “imagen y semejanza”, probablemente es la que ha motivado que la mayoría de los partidarios de Dios lo conceptualicen como un ente humano y le adjudiquen las facultades de esta especie en términos de pensamientos, palabras y hechos.

El individuo es proclive a construirse una idea de Dios dependiendo de la situación que esté viviendo, la cual puede cambiar en la medida que reciba lo que busca, lo que quiere, lo que espera; o lo que pierde, lo que no encuentra o lo que no obtiene.

Expliquemos un poco esto, con algunos ejemplos.

Cuando la persona quiere seguridad, asume a Dios como su padre protector; cuando sufre la pérdida de un ser querido, considera que Dios es cruel; cuando siente regocijo por la calamidad del prójimo, dice: “Dios lo ha castigado”; cuando tiene dificultades económicas, le parece que Dios es injusto e indiferente; cuando no quiere tomar una decisión para mejorar cierta condición, permanece en ella porque es “la voluntad de Dios”.

Igualmente, cuando se siente amenazada por los fenómenos naturales, implora a Dios pidiendo misericordia; cuando quiere temer a Dios, lo ve como iracundo e implacable; cuando no quiere abandonar los hábitos erráticos, su excusa es que Dios no le da suficiente fuerza; cuando le solicitan cumplir con sus compromisos, hace responsable a Dios contestando: “Lo haré, si Dios quiere”; cuando está enferma, clama al Dios sanador y compasivo.

Otros ejemplos lo son, cuando el individuo le quiere dar un escarmiento a alguien, le pide ayuda a Dios porque es vengador y justiciero; cuando el hijo o la mujer/el marido lo “hacen sufrir”, Dios es insensible; cuando quiere intimidar a otros, utiliza a Dios para juzgar y condenar; cuando la fortuna le sonríe, aparentemente, Dios suele estar ausente.

Como puede verse, a Dios se le ha convertido en pretexto o en impedimento para justificar las acciones y las posturas que libremente decide cada quien. O sea, para hacer o no hacer lo que se quiere de manera conveniente.

A Dios se le atribuyen palabras, se le conoce el pensamiento, se le describen sentimientos y se le culpabiliza de eventos.

A Dios se le asigna parcialidad en la guerra, en la discriminación racial, en la prerrogativa social.

A Dios se le concibe como causante de batallas, de pobreza, de sufrimiento, de adversidad, porque se cree que Dios está castigando, combatiendo, oprimiendo, probando a la raza humana o administrando su propia marca de justicia.

A Dios se le supone de sexo masculino, como una especie de “hombre” poderoso que se compadece y se enfurece; que ama, humilla, perdona, reprende, acepta, rechaza, premia, castiga.

En el nombre de Dios a cada instante se comete una iniquidad. Y muchos declaran que gozan de la preferencia de Dios para obtener privilegios, actuar con negligencia o abusar sin penitencia. Porque hasta genocidas, inquisidores, cruzados, terroristas y fundamentalistas dicen contar o haber contado con la divina providencia.

Si tal es el concepto que se tiene sobre Dios, no resulta inapropiado preguntarse, pues, ¿en qué se diferencia Dios de un ser humano? Porque, de acuerdo a sus circunstancias, el ser humano también puede ser: bondadoso, sanguinario, compasivo, vengativo, solidario, arbitrario, protector, unificador, indolente, pacifista.

Por lo tanto, es fácil inferir que si Dios es semejante a los seres humanos, Dios también fue creado. Entonces, ¿quién creó a Dios?

Pero, ¿así es Dios, en verdad?... …

Continuará…

¡Bendiciones!

“El Hombre, en su orgullo, creó a Dios a su imagen y semejanza”. F. Nieztche

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