Habitualmente carece de amabilidad el trato brindado a las personas con quienes la relación es cercana. Se dice que eso significa darle un tratamiento “familiar”, porque con la familia generalmente se omite la cortesía.
La falta de urbanidad se evidencia con la pareja, los hijos, los amigos, los vecinos, la empleada de la casa; y también con el servidor público o privado de menor rango.
Sin embargo, dicho proceder rara vez es así si la interacción es con una persona que representa poder y/o autoridad en cualquier instancia: escolar, laboral, comunitaria, política, religiosa, judicial, gubernamental.
Entonces, lo antes visto deja claro que hay una propensión a ser gentil con quien se siente algún tipo de dependencia, temor o deferencia y se cuida el comportamiento para no arriesgar algo, ya sea el empleo, la influencia, la dádiva, la relación, la preferencia que se recibe de ese alguien.
Tratar sin delicadeza a la gente provoca distancia en la aceptación, la comprensión y la colaboración.
Las demandas de cumplimiento u obediencia expresadas de modo exigente desatan reacciones de molestia, indiferencia, rechazo.
Innumerables disgustos, enojos, ofensas y conflictos se pueden evitar si se opta por comunicar las peticiones acompañadas de palabras amables: le agradecería... por favor... podría ayudarme....muchas gracias.... Como también manifestar cortesía siendo puntuales, respondiendo mensajes, presentando disculpas a tiempo.
La afabilidad ofrecida a todas las personas, sin distinción de edad, rol, oficio y posición, desde los niños hasta los mayores, es un elemento positivo en la relación con los demás. Veamos lo siguiente como ilustración.
El hogar es el ámbito donde debe iniciarse la práctica de la amabilidad. Cuando usted hace cualquier solicitud a su pareja de forma cortés, ésta se siente respetada y apreciada y será distinto cuando el requerimiento lo haga como si fuese una obligación con usted.
La actitud gentil entre el padre y la madre es un ejemplo importante para los/as hijos/as, y éstos deberán recibir un tratamiento similar de parte del papá y de la mamá.
El comportamiento afable en el hogar también estimula la disposición de cooperación de quienes lo conforman, propicia la reciprocidad y sirve para alentar a cada miembro de la familia a ser un ente multiplicador de lo mismo. La urbanidad extensiva a vecinos, amigos, compañeros y demás es una impronta del individuo que beneficia a la sociedad.
El buen trato transmite respeto, afecto, atención, buena educación, cultura, benevolencia. Tiene efecto persuasivo, lenitivo, reparador. Con razón dijo San Francisco de Asís que: “La cortesía es hermana de la caridad, que apaga el odio y fomenta el amor”.
Un servicio o atención de otro requerido con gentileza transforma el mensaje. Le indica al receptor que le reconocemos su igualdad humana con nosotros; aunque su deber o responsabilidad sea brindarnos lo solicitado.
El refinamiento personal no precisa de ningún texto académico para aprenderse. Sólo se necesita reflexionar sobre una sencilla y ética frase comúnmente conocida: “Trata a los demás como tú quieres que te traten a ti”. Por supuesto, adoptar esta conducta implica abandonar la arrogancia, la manipulación y el abuso.
Una persona cortés facilita el entendimiento y la armonía con otros y entre otros; resulta más convincente y conciliadora. A los seres humanos les agrada ser tratados con gestos de urbanidad. Y actuar de tal manera no sustituye la firmeza y la sinceridad.
Empiece a mejorar su forma de interacción. Prontamente advertirá una notable diferencia en la respuesta que usted recibirá de los demás. Es ganancia de doble vía; le gustará.
¡Bendiciones!
“Las atenciones, las amabilidades son esas pequeñas causas que a menudo florecen en grandes efectos”. V. Pauchet
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