martes, 17 de marzo de 2009

Niño – Niña (1)

Hemos crecido en un medio donde la forma dominante de inserción del individuo a la sociedad da prioridad a los esfuerzos para resaltar los elementos de apariencia, sobre los valores positivos para el bienestar, asignándole muy poco valor a la vida espiritual.

Como resultado de tal actitud, los principales méritos de la educación del hogar están comprometidos. Y con ello también la base sana de desarrollo para la niña y el niño.

A diario, personas adultas involucran a los/as niños/as en acciones nocivas. Por ejemplo, éstos son instrumento de manipulación y extorsión contra la pareja; canal para drenar la agresividad, la ira y las decepciones particulares; responsables de cumplir las expectativas familiares y manera para resolverles a éstos, situaciones económicas difíciles.

Como también niños y niñas son víctimas del uso inadecuado que el padre o la madre hacen del dinero en alcohol y en juego; de la incapacidad que tienen para conciliar sus contradicciones y sus diferencias; o del abuso psicológico y sexual de ellos o de otras personas.

A menudo niños y niñas son receptores de un exagerado elogio, mimo o sobreprotección y de una permisividad para realizar sus caprichos por un sentimiento de culpa, de comodidad o de ineptitud de criarles correctamente.

Muchos niños y niñas son usuarios del salón de belleza y el gimnasio, tienen presencia activa en la pasarela y la publicidad comercial; acceden a películas violentas, participan en certámenes infantiles, en diversión y programas para adultos y en sucesos criminales y delictivos. Se les compra teléfono móvil, televisor y computador, los cuales utilizan sin supervisión. El lenguaje soez, el maquillaje, la ropa de “hombrecito” y “mujercita”, y la pintura en las uñas completan la imagen de adultez.

De la misma forma, en gran cantidad otros/as, en su niñez, son perjudicados con castigos físicos, frases comparativas y juicios valorativos; con afirmaciones autoritarias o dogmáticas que provocan la dependencia acompañada del temor; con los cambios de humor y con la exposición a vanas retóricas de los educadores.

¿Obrando de tal manera, cómo pueden los mayores esperar o exigir respeto de parte de un niño o una niña? ¿Es esa la forma apropiada de cuidarlos y educarlos? ¿Creen que es la respuesta de atención que beneficia a la niñez y a la sociedad?

Todos los hechos antes mencionados son factores en la ecuación de la educación, y prontamente se ven las consecuencias.

Día a día se incrementa la cantidad de figuras materna y paterna que construyen un laberinto que les oculta cada vez más la salida para efectuar adecuadamente su tarea formadora. Actúan como sordomudos cuando se les pregunta sobre el tema.

Hombres y mujeres invierten tiempo y distintos recursos para tener ”éxito y ganar dinero”. Sin embargo, escasamente tienen disposición para aprender a educar a su niño y a su niña.

¡Y aún se debate el origen de la rebeldía prolongada, de la infelicidad personal y de el deterioro social!

Este asunto no debería ser tratado por la sociedad para sólo culpar, sino para procurar modificar la respuesta de los responsables.

Ninguna escuela puede suplirle a nadie la carencia afectiva o enmendar los actos desacertados e irresponsables de el padre y de la madre. ¡Ninguna!

La labor formativa de el hombre y de la mujer en el hogar, está siendo cuestionada. Ésta deberá ser seriamente reflexionada y reformulada.

Continuará...

¡Bendiciones!

“No se puede entender ninguna reforma social si no es a partir de la formación adecuada del ser humano”. J. Krishnamurti

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