En la actualidad, la mayoría de la gente ha acelerado su ritmo de vida a niveles casi irracionales. Además, el orden de prioridad que le da a las actividades ha cambiado, y mucho de lo que es esencial en el vivir lo lleva al capítulo de “asuntos que hacer si tengo tiempo”, siendo muy probable que hacerlos lo posponga meses o quizás años.
Todo se quiere conseguir por la vía rápida; la inmediatez se ha apoderado de los espacios de vida y se está esparciendo con grado de vicio. Se prefiere la comida rápida, las ganancias rápidas, las respuestas rápidas, las satisfacciones rápidas, el aprendizaje rápido y, por supuesto, el sexo rápido.
La nueva industria de lo instantáneo también afecta el mundo de las ideas; hay poco tiempo para pensar y se quieren listas para consumir. Además, cuesta mucho dedicar un momento para escuchar a la mujer o al marido; desarrollar el pensamiento analítico; atender la evolución personal o trabajar y crear riqueza para prosperar.
Porque el tiempo es escaso, se procura recibir con preferencia el servicio solicitado sin esperar el turno; se apura la obtención de haberes utilizando las relaciones que tienen influencias y la carestía de tiempo impide hasta mostrar cortesía.
La prisa lleva a adelgazar con tratamientos invasivos, a irrespetar las reglas del tránsito vehicular y a permitirles a los hijos los comportamientos incorrectos buscando acelerar su “crecimiento”. Se dice no tener tiempo para estudiar, para compartir, para madurar, para ejercitarse y menos aún para ser voluntario apoyando un proyecto comunitario.
Las experiencias derivadas de los actos precipitados pagan un precio muy alto en términos de energía, de tiempo y, en ocasiones, humanos y materiales.
Un vivir apresurado deviene en un estrés prolongado, en una angustia innecesaria y finalmente en posibles enfermedades emocionales, mentales y/o físicas de las cuales acaba costando más tiempo la cura.
La escalera se sube peldaño a peldaño. La tendencia a la impaciencia para conseguir algo puede malograr el buen fin.
El tiempo que se tiene es el perfecto para hacer lo que hay que hacer; sólo se requiere de una buena administración de él y un uso consciente de la inteligencia para anteponer lo principal sobre lo banal.
El tiempo debe invertirse, no desperdiciarse; es recomendable observar detenidamente en qué se emplea. Beneficia revisar el tiempo que se está desaprovechando, por ejemplo, hablando en demasía, viendo anodinos programas televisivos o cuidando de modo excesivo la imagen personal. También en la lectura trivial, en el chisme, en los lamentos o perdiendo el rumbo de lo bueno en la propia vida.
Contrario a eso, hay que darse tiempo para reflexionar antes de actuar, para las demostraciones afectivas, para el compartir con la familia, para el verdadero aprendizaje, para silenciarse y serenarse, para la sana diversión, para fomentar la interacción con los hijos, con la pareja y con los amigos.
Asimismo, hay que darse tiempo para el desarrollo de las aptitudes, para lograr la excelencia en cualquier entrenamiento, para escuchar las particulares respuestas. Incluso, para difuminar el odio, para olvidar las ofensas, para rehabilitarse y para transmutar la tristeza.
En todos los aspectos productivos de la vida, también hay que darse el tiempo necesario para ordenar y concretar las ideas, establecer su elección, elaborar un plan de acción, diseñar la ruta, expandir la imaginación y la creatividad, tomar la mejor decisión y afianzar la determinación.
Cada día es un gran día para aprovechar y disfrutar el tiempo. Inviértalo en su crecimiento humano y material, sin recurrir a la prisa. Experimentará paz, fortalecerá sus relaciones y será más productivo.
¡Bendiciones!
“Siempre se tiene tiempo suficiente cuando se emplea como es debido. J.W.Goethe
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario