El ser humano transcurre su existencia intercambiando manifestaciones de humanidad e inhumanidad con quienes conforman su círculo de interacción en la familia, escuela, amistad, trabajo, pareja y demás instancias de la sociedad.
En menor o mayor escala el individuo conoce esas dos exteriorizaciones.
La humanidad representa el afecto, la atención, la aceptación que da y recibe. Y la inhumanidad, la agresión, el abuso, la aflicción, en sus variadas formas refinadas o brutales, que experimenta e infringe directa o indirectamente.
La inhumanidad se expresa a través de la palabra, la indiferencia, la agresión física, la burla, la manipulación, la imposición, la hostilidad, la segregación, el castigo.
También, por medio del ejemplo que se absorbe u ofrece si hay violencia doméstica en el hogar. Y ese tipo de vivencia engendra una posible cadena porque, normalmente, la ocurrencia de la “silenciosa” iniquidad cotidiana se mantiene disimulada; sólo se toma en cuenta cuando la desgracia puede ocupar primera plana.
Entonces, son innumerables los que aprenden desde temprana edad a drenar su desconocimiento y sus frustraciones mediante los actos de inhumanidad, escondiendo la sensibilidad y afianzando el comportamiento equivocado que le muestra la humanidad como una debilidad.
Con tal distorsión en los sentimientos, la persona se torna propensa a reproducir conductas inhumanas.
Por consiguiente, la principal decisión consciente y consistente del hombre y de la mujer debe ser trabajar con la actitud personal para cesar el propio ejercicio de este patrón de conducta que ensombrece la lucidez y el intelecto.
Más aún, los mayores deben elevar la conciencia respecto al daño que el trato y el ejemplo inhumano ocasiona a los hijos e hijas porque les enseña desde pequeños a actuar con una compasión limitada.
Se hace imperativo sopesar las secuelas que tienen nuestros actos de inhumanidad sobre nosotros y sobre los otros.
Hay que tener presente que el mejoramiento de la sociedad se inicia con el mejoramiento del individuo. Es ineludible suprimir la creencia particular de que la crueldad es un remedio para la crueldad.
Las líneas de acción social dirigidas a la erradicación o disminución de la inhumanidad de la gente por medio del crecimiento personal, deben ser incrementadas. Los roles de la familia y de las otras instituciones deben ser cumplidos.
La inhumanidad no tiene excesos; por mínima que ésta sea nunca es ni sana ni beneficiosa. Es preciso revisar la conducta diaria en nuestras relaciones con los otros para corregir las formas de insensibilidad, aunque sean muy sutiles.
La inhumanidad es la muerte de toda razón. Es indigna.
¡Bendiciones!
“La naturaleza humana es buena y la maldad es esencialmente antinatural”. Confucio
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