¿Cómo puede un ser humano sentirse libre siendo absolutamente dependiente?
Parece que el concepto de libertad se reduce a no limitaciones de expresión, movilidad o posibilidad de disponer de afectos y bienes materiales.
Sin embargo, la reflexión nos lleva a otro punto.
No somos independientes, sino interdependientes. Pero hay más. La mayoría de los individuos está realizando su “vida” en función de las dependencias creadas. Veamos varios ejemplos.
Concibe el vehículo imprescindible para desplazarse a pocas cuadras. El teléfono lo lleva consigo hasta al baño. El perdón a sus errores está sujeto a la práctica religiosa que adopta. Considera que sin adulación no recibe beneficios. La agenda le es indispensable para recordar los compromisos. El reloj para vigilar el tiempo. El sicoanalista para controlar las emociones.
Precisa de recompensas para evitar la ansiedad. Aprobación para proseguir la acción. El periódico, la televisión y el Internet para informarse. El aire acondicionado para descansar. Una relación dominante para obtener seguridad. Complaciendo las expectativas de otros es que logra aceptación. Y su mundo se le derrumba si no satisface alguna necesidad.
Cualquier cosa lo convierte en víctima, ya sea por deseo o por apego. Por ello, inadvertidamente, transcurre la cotidianidad en una especie de encarcelamiento, esclavitud, entrampamiento. Mutilándose la vida. No alcanza a ver alternativas.
Y aunque se haya convertido en siervo /a de lo que tiene o quiere, proclama ser libre y perseguir felicidad.
Aún no distingue la facultad, de la libertad.
Arribando al Siglo XXI la dialéctica incrementa el ritmo. Pero lo que él /ella hace es incorporar al día a día, nuevas necesidades y más dependencias.
Le falta comprender el sentido veraz de la autodeterminación, que es: desprenderse. Desentramparse del no puedo vivir sin... ... Perder el miedo a no tener... ...
Aprender a vivir sin apegarse a nada, para poder tenerlo todo.
Lo demás, es un espejismo de libertad.
¡Bendiciones!
Le dijo el Maestro: “Eres como el condenado que se siente orgulloso de la amplitud de su celda” A. de Mello
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